“He bajado de mi caballo”

He bajado de mi caballo
me he quitado mi armadura de cuero,
he tirado mi espada y mi maza de combate.
Voy por el campo perdido
sin encontrar praderas ni rastrillos,
sin encontrar amigos ni enemigos.
Una bandera, con todo
ondea en mi corazón oscuro, una
bandera negra con signos encarnados.
El cielo y el atardecer me rechazan,
los monasterios se apartan de mis rutas,
los pozos y las fuentes están secos,
las flores ya no existen;
el amor ha pasado
y ni siquiera me buscan las ballestas adversarias
para llenar mi pecho de agujeros dorados.

——–

Mi poemario “Cuatro” está imbuido de Cirlot. De su mirada vital desesperada y aprisionada en el tiempo, o así lo creí tras una extensa lectura de Bronwyn. En 2008, Siruela editó “Del No mundo” en el que se recoge este poema devastado: Él no está ahí, nada le corresponde, pero él está ahí. Queda caminar en un escenario del pasado, en el que el instante, la vida, ya fue. Como un fantasma, pensamos, visita el amado y demente momento del que nunca-siempre formó parte.

Así me explico, con palabras, los que estamos aquí.

En este símbolo, más allá del tiempo y, por eso, profundamente nuestro, hay silencio e infinitas músicas. Una de ellas es la siguiente:

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